Vivir feliz, nube de ilusiones, castillo de cristal, días interminables llenos de alegría. Horas lentas, primavera, aroma a rosas. Mariposas, risas, sueños. Correr, gritar, volar. Diversión sin límites. Despertar con el canto de las aves. Ver las horas pasar y el Sol que se esconde marca el final del día. No hay nada que hacer solamente, vivir feliz. Mirar la lluvia, cantar. El viento sopla suavemente y no hay nada que pueda detener la felicidad. Las hojas de los árboles vuelan y vuelan sin sentido. Viajás. Viajás con ellas a un rumbo desconocido. Sin embargo, soy la persona más feliz del mundo. Nada me falta, tengo todo en mi nube de ilusiones, en mi castillo de cristal. Las gotas de rocío repican sobre mi cara y me duermo con ellas. Febo despierta y inicia un nuevo día. Mañana cálida, placentero despertar. Aromas desconocidos, maravillosos, interminables. Sensaciones, sentimientos nunca descubiertos. El dulce viento danza sobre mi cabello, y nada ocurre. La cabeza ya no tiene preocupaciones. Colina verde, suave, florecida. Dormir mirando el sol, soñar con cosas nuevas, descubrir. Todo es perfecto. La salida de los astros anuncian el fin del día. Esa noche, las estrellas se ocultaron tras nubes negras. Del firmamento cayeron rayos y la lluvia apacible se convirtió en tormenta. Las piedras atacaron mi castillo de cristal, terminando con él. Y la nube cayó... Cayó de la nada, sola, sin ninguna explicación. Caí, caí al vacío. Nunca hubo final, seguía cayendo, y ése túnel negro, parecía no acabar nunca. Sin embargo lo hizo. Quedé ahí, tirada, inconsciente, por mucho tiempo. Desperté y estaba todo oscuro. Nada había ya que hacer. No había modo de escapar. Era el vacío mismo. Ya no era vivir... era sufrir. Frío, oscuro, alborotado. Al tercer día, voces entraron en mi cabeza. Voces que no llegaba a comprender. Eran demasiadas a la vez. Ni el más experimentado oído podría haberlo entendido. Tristeza, nostalgia, ausencia. Necesitaba. Necesitaba a alguien. Alguien que me ayude, no podía sola. A los pocos días empezó a surgir una fuerza dentro mío. Algo que no conocía. Me dijeron que se llamaba furia. Bronca. Impotencia. Algo que con el tiempo se hacía más intenso. Me sentí débil. Mi cuerpo no podía soportar tantas cosas dentro mío. Quería mi nube otra vez, mi castillo. Mi felicidad. Pero no volvería más. Todo lo construído se había derrumbado. Mi mente y mi alma eran totalmente nulas, negativas. Al cabo de mucho tiempo, no sabía que era lo que sentía. Necesitaba sacarlo de mi cuerpo, de mi mente. Ese odio, esa rabia, la impotencia. No lo quería más en mí. Quería estar bien. Sin embargo seguía en el vacío. Desesperanza. Eso sentí mucho tiempo después. Intenté salir, pero no había forma. Me resigné, no quise más nada. Dormí por días. Ya no me importaba. Mucho tiempo pasó, hasta que tomé valor. Decidí que nada llegaría a mí, si no lo hacía sola. Ese día empecé a luchar conmigo misma. Con mis miedos, mis pensamientos negativos, y mi odio. Después de mucho tiempo de lucha, llegué. No había nada parecido a mi nube. Asfalto, calor, gente apurada. Aire impuro, mucho ruido. Realmente no me gustaba nada ese lugar. Pasé como 2 horas pensando que era ese lugar tan raro. Desperté. Mi mente estaba en blanco. Las respuestas cayeron... yo caí. Caí que ése lugar extraño para mí, era la realidad, y que el lugar que tanto esperaba y amaba, era mi ilusión. El amor me ilusionó y me llevo a las nubes, pero luego me desilusionó y caí a la realidad. Dolía verlo y aceptarlo, pero el amor siempre viene acompañado de la desilusión.
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