A
veces es muy difícil caer en la realidad en el momento justo. Por lo general
siempre caigo tarde,
cuando ya no sirve de nada. Me elevo hasta lo más alto y cuanto más me elevo
más fuerte es la caída. Y ya nada tiene sentido.
De nada sirvió haber creído todas esas mentiras,
de nada sirvieron esos pequeños momentos de felicidad que tuve y me llevaron a
mi punto más feliz, de nada sirve que haya confiado. Nunca
debí confiar tan rápido y hoy pago el precio por eso. La realidad era muy
dura, pero me la tapaste cubriéndome los ojos con un pañuelo con conejos y arco
iris. Y todo se fue de golpe. De un día para el otro. En un segundo se destruyó
el perfecto mundo, ese que tenía unicornios, nubes en forma de algodón y gente
feliz por doquier, y sobre todo, yo era feliz.
Sí, en algún momento de mi vida fui feliz. Y digo momento porque no fue más que
eso: Un momento. Jamás pude sentirme feliz completamente. Pero cuando no tenía
la felicidad de un lado la buscaba en otro y siempre tenía algo con que ser
feliz en aquel mundo perfecto. Pero una vez que cayó, perdí
todo. Perdí hasta las ganas de vivir. Y
es literal. Yo no quiero vivir
en un mundo donde la gente me aburre, donde soy la más infeliz, y donde veo
sangrar mis muñecas todos los días. Ya no. No quiero eso.
